
Pitt temía aún más lo que podía ocurrir. Había visto a Voisey enfrentarse a la multitud. Era un duro golpe descubrir que tenía una aliada política con tantas aptitudes. Había esperado que su condición de soltero fuera su único punto débil.
– Gracias -dijo en voz alta.
Cornwallis sonrió débilmente.
– ¿Más sidra?
* * * * *
Emily Radley disfrutaba de una buena cena, especialmente cuando en el ambiente se respiraba peligro y emoción, luchas de poder, conflictos verbales, en los que la ambición permanecía oculta tras la máscara del humor o el encanto, el deber público o la pasión por la reforma. Aún no habían disuelto el Parlamento, pero iban a hacerlo cualquier día, todos lo sabían. Entonces la lucha se haría pública. Sería encarnizada y rápida, cuestión de una semana más o menos. No había tiempo para titubear, reconsiderar un golpe o moderar una defensa. Se actuaba a sangre caliente.
Se preparó como si se dispusiera a participar en una campaña de guerra. Era una mujer atractiva y tenía perfecta conciencia de ello. Pero ahora que estaba en la treintena y tenía dos hijos, debía esmerarse más para ser la mejor. Había dejado de lado los juveniles tonos pastel que había preferido por su delicado color, y había seleccionado de la última moda de París algo más osado, más sofisticado.
