—Caliente —explicó cuando recobró el habla.

—Como siempre —dijo Nafai.

Era una broma, una pequeña burla entre hermanos. Pero por algún motivo Elemak lo tomó a mal, como si Nafai lo hubiera tildado de estúpido.

—Escucha, pequeñín —dijo—, cuando has pasado dos meses y medio comiendo cosas frías y durmiendo en el polvo, te olvidas de que un pastel te puede quemar la lengua.

—Perdona. No he querido ofenderte.

—Ojo con tus bromas. A fin de cuentas, sólo eres mi hermanastro.

—No te preocupes —intervino jovialmente Issib—. Nafai surte el mismo efecto en un hermano.

Issib procuraba apaciguar los ánimos para evitar una discusión, pero Elemak parecía empeñado en continuar.

—Supongo que para ti es más difícil —dijo—. Es una suerte que seas un inválido, pues de lo contrario nuestro Nafai no hubiera sobrevivido hasta los dieciocho.

Si ese comentario hirió a Issib, no lo demostró. Pero Nafai se irritó. Issib procuraba mantener la paz y Elemak lo insultaba. Aunque antes Nafai no había tenido la menor intención de buscar pelea, ahora estaba dispuesto. Tenía un buen pretexto: Elemak había contado su edad en años de siembra y no en años de templo.

—Tengo catorce —declaró—. No dieciocho.

—Años de templo, años de siembra —dijo Elemak—. Si fueras un caballo tendrías dieciocho.

Nafai se aproximó a la silla de Elemak.

—Pero no soy un caballo —afirmó.

—Tampoco eres un hombre, todavía. Y estoy demasiado cansado para darte una tunda. Así que prepárate el desayuno y déjame comer el mío. —Se volvió hacia Issib—. ¿Padre se llevó a Rashgallivak?

Nafai se sorprendió de la pregunta. ¿Cómo podía Padre llevarse al mayordomo de la finca cuando Elemak estaba ausente? Truzhnisha se encargaría de la servidumbre, pero sin Rashgallivak, ¿quién se encargaría de los invernáculos, establos y cobertizos? No sería Mebbekew, desde luego, quien desdeñaba los quehaceres cotidianos. Y los hombres no aceptarían órdenes de Issib, a quien trataban con ternura y piedad, pero no con respeto.



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