—¿Dónde está Padre? —preguntó Elemak.

—A poca distancia —dijo Issib, quien partía huevos frescos sobre la tostada, preparándolos para el horno. Lo hacía con suma destreza, teniendo en cuenta que para coger un huevo con una mano necesitaba todas sus fuerzas. Sostenía un huevo a poca distancia de la mesa, luego movía un músculo para soltar el flotador que le sostenía el brazo, haciéndolo caer, con huevo y todo, sobre la superficie. El huevo se partía por la mitad, Issib movía otro músculo, el flotador le alzaba el brazo, Issib abría el huevo con la otra mano y lo derramaba sobre la tostada. Issib se las apañaba para todo, pues los flotadores contrarrestaban los efectos de la gravedad. Pero Issib nunca podría viajar como Padre, Elemak y a veces Mebbekew. En cuanto se alejaba del campo magnético de la ciudad, Issib tenía que viajar en una silla, una máquina torpe que sólo podía desplazarse de un sitio al otro, sin ayudarle en nada. Lejos de la ciudad, limitado a su silla, Issib era un auténtico inválido.

—¿Dónde está Mebbekew? —preguntó Elemak. El pastel ya estaba cocido. Pasado, en realidad, pero Elemak siempre se tomaba el desayuno así. Lo cocinaba hasta ablandarlo tanto que no hacían falta dientes para masticarlo, tal vez porque así lo podía engullir más fácilmente.

—Ha pasado la noche en la ciudad —dijo Issib. Elemak no.

—Eso dirá cuando regrese. Pero sospecho que Meb es mucho arado y poca siembra.

Un hombre de la edad de Mebbekew sólo podía pasar la noche en Basílica si alguna mujer lo acogía en su hogar. Elemak podía burlarse diciendo que Mebbekew era un presumido, pero Nafai había visto el modo en que Meb actuaba con algunas mujeres. Mebbekew no necesitaba fingir que había pasado la noche en ciudad; tal vez incluso aceptara menos invitaciones de las que recibía.

Elemak cogió una generosa porción de pastel, gritó, abrió la boca y empinó un sorbo de vino.



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