
Nafai supo nuevamente que debía guardar silencio y dejar que Elemak se quedara con la última palabra. Pero la réplica le salió por los labios en cuanto se formó en su mente.
—¿Llamarme mujer es un modo sutil de insinuarme que te gusto? Es evidente que has pasado demasiado tiempo en el desierto, si empiezas a considerarme irresistible.
Elemak lo soltó al instante. Nafai dio media vuelta, pensando que Elemak se reiría y restaría importancia a un par de bromas que se les habían ido de las manos. En cambio su hermano estaba rojo y resollaba como un animal dispuesto a embestir.
—Lárgate de esta casa —dijo Elemak—, y no regreses mientras yo esté aquí.
—No es tu casa —señaló Nafai.
—La próxima vez que te vea te mataré.
—Vamos, Elya, sabes que sólo bromeaba. Issib flotó jovialmente entre ambos y rodeó los hombros de Nafai con brazos torpes.
—Llegaremos tarde a la ciudad, Nyef. Madre se preocupará de veras.
Esta vez Nafai tuvo el buen tino de cerrar el pico. Sabía contener la lengua, aunque nunca se acordaba de hacerlo a tiempo. Ahora Elemak estaba furioso. Lo estaría durante días. ¿Dónde dormiré si no puedo ir a casa?, se preguntó Nafai. De inmediato tuvo un súbito recuerdo donde una imagen de Eiadh le susurraba: «¿Por qué no pasas la noche en mi habitación? A fin de cuentas, un día seremos compañeros. Una mujer prepara a sus sobrinas favoritas para que sean compañeras de sus hijos, ¿verdad? Lo supe desde que te conocí, Nafai. ¿Para qué aguardar más tiempo? A fin de cuentas, ¿no eres el ser humano más estúpido de Basílica?»
