
Nafai despertó de su ensoñación al comprender que quien le hablaba era Issib, no Eiadh.
—¿Por qué insistes en provocarlo así, sabiendo que a veces Elemak te mataría?
—Pienso cosas y las digo cuando no debo —dijo Nafai.
—Piensas cosas estúpidas y eres tan bobo que las dices siempre.
—No siempre.
—¿Qué? ¿Quieres decir que hay cosas aún más estúpidas que te callas? ¡Qué cabeza tienes! ¡Un tesoro! —Issib flotaba llevándole la delantera. Siempre hacía lo mismo cuando subían por el camino del risco, olvidando que los demás tenían que habérselas con la gravedad.
—Elemak me cae bien —suspiró Nafai—. No entiendo por qué no le soy simpático.
—Un día le pediré que te confeccione una lista —dijo Issib—. La pegaré al final de la mía.
2. EN CASA DE MADRE
El camino que iba de la casa Wetchik a Basílica era largo pero ellos lo conocían bien. Hasta los ocho años, Nafai había hecho el viaje en dirección contraria, cuando Madre los llevaba a él e Issib a casa de Padre para las vacaciones. En esos días era mágico estar en una morada de hombres. Padre, con su melena blanca, les parecía casi un dios. De hecho, hasta los cinco años, Nafai había pensado que Padre era el Alma Suprema. Mebbekew, sólo seis años mayor que Nafai, siempre había sido socarrón y fastidioso, pero en esa época Elemak se mostraba amable y juguetón. Diez años mayor que Nafai, Elya ya tenía talla de adulto en los primeros recuerdos de Nafai acerca de la casa Wetchik; pero en vez del aspecto etéreo de Padre, tenía trazas de luchador, un hombre que era amable sólo porque le venía en gana, no porque rehuyera la violencia. En esos días Nafai había rogado que lo liberasen de la casa de Madre y lo dejaran vivir con Wetchik y Elemak. Soportar a Mebbekew sería el precio inevitable por vivir en la morada de los dioses.
