Hubo otro chequeo retinal en la puerta interior. Como eran ciudadanos y los ordenadores mostraban que no traían nada ni habían comprado nada en los puestos, no hubo que registrarlos en busca de lo que un eufemismo denominaba «préstamos no autorizados», así que poco después entraron en la ciudad.

Más específicamente, entraron en el Mercado Interior. Era casi tan vasto como el exterior, pero allí terminaba toda semejanza, pues en vez de vender carnes y comida, rollos de tela y trozos de madera, el Mercado Interior vendía productos manufacturados: pasteles y sorbetes, especias y hierbas, muebles y cobertores, colgaduras y tapices, finas camisas y pantalones, sandalias para los pies, guantes para las manos, anillos para los dedos y las orejas; y chucherías, animales y plantas exóticas, conseguidos con gran coste y riesgo en todos los rincones del mundo. Aquí Padre ofrecía las plantas más preciosas en sus puestos abiertos día y noche.

Pero nada de esto atraía a Nafai, después de tantos años de atravesar el mercado sin un cobre. Sólo le atraían los muchos puestos que vendían myachiks, pequeñas esferas de cristal que contenían grabaciones de música, danza, escultura, pinturas, tragedias, comedias e historias verídicas, recitadas como poemas, representadas en escena o cantadas en óperas; las palabras de historiadores, científicos, filósofos, oradores, profetas y autores de sátiras; lecciones y demostraciones de cada arte o proceso jamás concebido, y, por supuesto, las grandes canciones de amor por las cuales Basílica era célebre en todo el mundo, que combinaban música con imágenes eróticas continuas que se repetían aleatoriamente, como esculturas autogeneradas, en las alcobas y jardines privados de cada hogar de la ciudad.

Claro que Nafai era demasiado joven para comprar estas canciones, pero había visto más de una cuando visitaba el hogar de amigos cuyas madres o maestras no eran tan discretas como Rasa.



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