Las rutilantes proyecciones holográficas de los ordenadores causaban un extraño efecto de fluctuación, de modo que uno siempre veía un parpadeo por el rabillo del ojo. Meb decía que por eso los prestamistas y vendedores del Mercado del Oro creían que alguien los espiaba.

Sin duda la mayoría de los ordenadores habían reparado en Nafai e Issib en cuanto les revisaron la retina en la puerta, transmitiendo sus nombre, situación y posición financiera a la proyección holográfica. Algún día eso significaría algo, sabía Nafai, pero de momento no. Desde que Meb había contraído cuantiosas deudas el año anterior al cumplir los dieciocho, existía una fuerte restricción del crédito para la familia Wetchik, y como el crédito era el único modo en que Nafai podía contar con una buena suma de dinero, aquí nadie estaría interesado en él. Padre podría haber hecho levantar esas restricciones, pero como Padre hacía sus negocios en efectivo, sin pedir nada prestado, las restricciones no lo afectaban y además impedían que Meb contrajera más deudas. Los gemidos, gritos, protestas y sollozos se habían prolongado durante meses, hasta que Meb comprendió que Padre jamás cedería ni le daría la independencia económica. Últimamente Meb lo tomaba con más calma. Cuando aparecía con ropa nueva, afirmaba que se la habían prestado amigos compasivos, pero Nafai no le creía. Meb gastaba dinero cuando lo tenía, y como Nafai no imaginaba a Meb trabajando en nada, su conclusión era que Meb había hallado a alguien a quien le pedía prestado a cuenta de su futura parte de la finca Wetchik.

Era típico de Meb pedir prestado a cuenta de la muerte de Padre. Pero Padre aún era un hombre sano y vigoroso, de sólo cincuenta años. En algún momento los acreedores se hartarían de esperar y Meb tendría que recurrir de nuevo a Padre, rogándole que lo ayudara a saldar sus deudas.



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