
Sólo faltaban algunos detalles para concretar semejante sueño. Por lo pronto, Eiadh aún no tenía casa, y aunque estaba conquistando cierta reputación como cantante y rapsoda, saltaba a la vista que no tendría una carrera deslumbrante; no era un prodigio, así que su casa sería modesta por muchos años. No importa, le ayudaré a comprar una vivienda mejor de la que ella podría costearse, aunque cuando un hombre ayuda a una mujer a comprar propiedades en Basílica el dinero sólo puede entregarse como obsequio. Eiadh es demasiado leal como para revocar mi contrato y negarme el ingreso en la casa que le ayude a comprar.
El otro detalle que faltaba para concretar el sueño era que Nafai nunca había escrito nada descollante. Claro que aún no había escogido su especialidad, y por tanto aún se estaba ejercitando, picoteando aquí y allá. Pronto se decidiría por una especialidad en la que tuviera talento, y habría myachiks de sus obras en los puestos del Mercado Interno.
Una procesión se dirigía al valle por el Camino Sagrado, así que ellos, siendo hombres, tuvieron que sortearlo. Aun así, pronto llegaron a la casa de Madre. Issib lo abandonó de inmediato y ascendió flotando a la sala de ordenadores, donde últimamente pasaba todo el tiempo. Un curso de pequeños ya había iniciado sus actividades en la curva sur del porche con columnas, por donde ya asomaba la luz oblicua del sol.
Estaban practicando las devociones: los niños se abofeteaban con fuerza, las niñas tarareaban. Su curso estaría haciendo lo mismo en otra parte, y Nafai no tenía prisa por llegar, pues se consideraba vagamente impío interrumpir una devoción.
