Caminó despacio, sorteando la clase del porche, deteniéndose tras una columna para escuchar la agradable música de las niñas que tarareaban, hallando acordes fugaces que se perdían apenas descubiertos, y el tamborileo quebrado de los niños que se palmeaban las piernas, los brazos, el pecho y las mejillas.

Una niña de la clase apareció de pronto junto a él. Nafai la conocía del gimnasio. Era esa brújula llamada Luet, de quien se rumoreaba que tenía visiones tan notables que algunas damas del Bancal ya la llamaban vidente. Nafai no daba crédito a esas historias mágicas. Ni siquiera el Alma Suprema podía conocer el futuro, y en lo concerniente a las visiones, la gente sólo recordaba las que por puro azar coincidían hasta cierto punto con la realidad.

—Tú eres el que está cubierto de fuego —dijo ella. ¿De qué cuernos hablaba? ¿Cómo responder a semejante cosa?

—No, soy Nafai.

—En realidad no es fuego. Chispas diamantinas que se transforman en relámpagos cuando te enfureces.

—Tengo que entrar.

Ella le tocó la manga, reteniéndolo con tanta firmeza como si le hubiera cogido el brazo.

—Ella nunca será tu compañera.

—¿Quién?

—Eiadh. Ella se ofrecerá, pero tú la rechazarás.

Esto era humillante. ¿Cómo conocía esa niña, una mocosa de doce años, sus sentimientos por Eiadh? ¿Acaso su amor era tan evidente para todos? Bien, que así fuera. No tenía nada que ocultar. Consideraba un honor que se supiera que amaba a semejante mujer. Y en cuanto a las cualidades de vidente de la jovencita, no parecían muy convincentes, pues afirmaba que Eiadh se le ofrecería y que él la rechazaría. Me arrancaría un dedo a mordiscos antes que rechazar a la mujer más perfecta de Basílica.

—Perdona —dijo Nafai, apartando el brazo.

No le gustaba que esa niña lo tocara. Decían que su madre era una agreste, una de esas mugrientas y solitarias mujeres desnudas que llegaban a Basílica desde el desierto; supuestamente eran mujeres sagradas, pero Nafai sabía que se acostaban en plena calle con cualquier hombre que se lo pidiera, y estaba permitido que cualquier hombre las poseyera, aunque estuviera desposado con una compañera bajo contrato.



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