La voz de Luet era potente en su sencillez. No era la salmodia que las brujas y profetas del Mercado Interno usaban para atraer clientes. Hablaba como si supiera, como si no tuviera la menor sombra de duda.

—Déjame preguntarte una cosa. Cuando viste la ciudad en llamas, ¿cómo supiste que era Basílica?

—La he visto mil veces, desde ese mismo sitio, al llegar del desierto.

—¿Pero viste la forma de la ciudad y la reconociste por eso, o primero supiste que era Basílica en llamas y luego tu mente invocó la imagen de la ciudad que ya estaba en tu memoria?

—No sé… ¿cómo puedo saberlo?

—Recuerda. ¿El conocimiento existía antes de la visión, o primero vino la visión?

En vez de ordenar a la niña que se marchara, Padre cerró los ojos e intentó recordar.

—Ahora que lo dices, creo… que lo supe antes de mirar en esa dirección. Creo que no la vi hasta que me lancé hacia ella. Vi las llamas, pero no la ciudad ardiendo. Y ahora que preguntas, también supe que Rasa y mis hijos corrían gran peligro. Eso fue lo primero que supe al rodear la roca… por eso sentía tanto apremio. Supe que si abandonaba el camino e iba a ese lugar, podría salvarlos del peligro. Sólo entonces comprendí cuál era el peligro; luego vi las llamas y la ciudad.

—Es una verdadera visión —declaró Luet.

¿Sólo con eso? ¿Le bastaba con conocer el orden de las cosas? Quizás hubiera dicho lo mismo sin importar lo que recordara Padre. Y quizá Padre sólo recordaba así porque Luet lo guiaba con sus sugerencias. Nafai se impacientaba al ver que Padre aceptaba dócilmente las impertinencias de aquella mocosa de doce años que lo trataba con las ínfulas de un profesional eminente ante un aprendiz.

—Pero no era verdadera —dijo Padre—. Cuando llegué aquí, no había peligro.

—No, no creí que lo hubiera —aseguró Luet—. Cuando sentiste que tu compañera y tus hijos corrían peligro, ¿qué decidiste hacer?



33 из 269