—Yo voto por la ensoñación —dijo Issib.

—Incluso la locura puede provenir del Alma Suprema —intervino Hushidh.

Todos la miraron. Era una niña feúcha y callada. Ahora que Nafai la veía junto a Luet, comprendió que se parecían mucho. ¿Eran hermanas? Más aún, ¿qué hacía allí Hushidh, y con qué derecho opinaba sobre asuntos de familia?

—Puede provenir del Alma Suprema —convino Padre—. ¿Pero es así? Y en tal caso, ¿qué significa?

Nafai advirtió que Padre no interpelaba a Rasa, ni siquiera a Hushidh, sino a Luet. No era posible que él se creyera lo que decían de ella las mujeres, ¿o sí? ¿Una mera visión transformaba a un racional hombre de negocios en un peregrino supersticioso que buscaba símbolos en todo lo que veía?

—No sé decirte qué significa tu sueño —dijo Luet.

—Oh —exclamó Padre—. No es que yo pensara…

—Si el Alma Suprema envió el sueño, y si ella quería que lo entendieras, también envió la interpretación.

—No hubo interpretación.

—¿No? —preguntó Luet—. Es la primera vez que tienes semejante sueño, ¿verdad?

—Claro. No tengo el hábito de ver visiones mientras camino de noche.

—Así que no estás habituado a reconocer los significados que acompañan a una visión.

—Supongo que no.

—Sin embargo recibiste mensajes.

—¿En serio?

—Antes de ver el fuego, supiste que debías apartarte del camino.

—Pues sí.

—¿Cómo crees que es la voz del Alma Suprema? ¿Crees que habla basyat o pone letreros?

Ese tono desdeñoso no era apropiado ante un hombre del prestigio de Wetchik. Sin embargo él no parecía ofendido y captaba la reconvención como si esa niña tuviera todo el derecho a reprenderlo.

—El Alma Suprema pone conocimiento puro en nuestra mente, sin mezcla con lenguaje humano —explicó Luet—. Recibimos mucho más de lo que podemos comprender, y comprendemos mucho más de lo que lograríamos expresar en palabras.



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