—No —convino Nafai—. Sólo puedes convencerte a ti mismo.

—Al fin y al cabo, Nafai, uno sólo puede convencerse a sí mismo.

La batalla estaba perdida si Padre ya estaba elaborando aforismos. Nafai se dispuso a aguardar el final. Se consoló pensando que a fin de cuentas todo había sido un sueño. No era algo que le cambiaría la vida.

Padre aún no había concluido.

—¿Sabes lo que quería hacer, cuando sentí la urgencia de venir a la ciudad? Quería advertir a la gente… prevenirle que siguiera las viejas tradiciones, que regresara a las leyes del Alma Suprema o este lugar ardería.

—¿Qué lugar? —preguntó Luet con renovada intensidad.

—Este lugar. Basílica. La ciudad. Es lo que vi arder. De nuevo Padre guardó silencio, mirándole los ojos ardientes.

—No la ciudad —dijo al fin—. La ciudad fue sólo la imagen que aportó mi mente, ¿verdad? No la ciudad. El mundo entero. Toda Armonía, en llamas.

—La Tierra —jadeó Rasa.

—Oh, por favor —bufó Nafai. Ahora Madre iba a asociar la visión de Padre con esa vieja monserga de que el Alma Suprema había incinerado el planeta originario para castigar a la humanidad por algún fallo contra el cual el narrador deseaba predicar. El mito coercitivo multiuso: Si no hacéis lo que yo digo (es decir, lo que dice el Alma Suprema) el mundo entero arderá.

—Yo no vi el fuego —dijo Luet, ignorando a Nafai—. Quizá no hayamos visto lo mismo.

—¿Qué has visto? —preguntó Padre.

Nafai se irritó al ver que la trataba con tanto respeto.

—Vi el Lago Hondo de Basílica, cubierto de sangre y ceniza.

Nafai aguardó a que ella terminara. Pero la niña no dijo más.



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