
Issib no pudo perderse la oportunidad de disparar un dardo verbal.
—¿Cuerda como Nyef? Entonces está en apuros. Padre interrumpió las bromas de Issib.
—Hace un instante tú opinabas lo mismo.
—No dije que nadie fuera loco —replicó Issib.
—No, no tenías la… acerada elocuencia de Nafai.
Nafai sabía que podía salvarse si cerraba el pico y dejaba que Issib recibiera el impacto. Pero era escéptico y la contención no era su fuerte.
—Esa chica —prosiguió—. ¿No ves que ella guiaba tus palabras, Padre? Ella te hace una pregunta, pero no te dice de antemano la respuesta… así que digas lo que digas, puede afirmar que es una visión verdadera, la voz del Alma Suprema.
Padre no respondió de inmediato. Nafai se volvió triunfalmente hacia Luet, ansiando verla temblar. Pero Luet no temblaba. Lo observaba con calma. Había perdido su fervor y estaba serena. La fijeza de su mirada le resultaba molesta.
—¿Qué miras? —preguntó Nafai.
—A un necio —respondió Luet. Nafai se levantó de un brinco.
—No toleraré que me llames…
—¡Siéntate! —rugió Padre. Nafai se sentó, hirviendo de rabia.
—Tú acabas de tildarla de farsante —dijo Padre—. Aprecio que mis hijos estén cumpliendo el propósito para el cual los llamé, el de contar con un público escéptico para mi historia. Tú analizaste el proceso con inteligencia y tu versión de las cosas explica todo lo que sabes al respecto, tanto como la versión de Luet.
Nafai intervino para ayudarle a llegar a la conclusión correcta:
—Entonces la regla de la simplicidad requiere que tú…
—La regla de tu padre requiere que tú contengas la lengua, Nafai. Ambos olvidáis que existe una diferencia fundamental entre vosotros y yo.
Padre se inclinó hacia Nafai.
—Yo vi el fuego.
Se irguió nuevamente.
—Luet no me dijo qué pensar ni qué sentir en ese momento. Y sus preguntas me ayudaron a recordar cómo sucedió todo. Pues yo lo estaba desfigurando para adaptarlo a mis prejuicios. Ella sabía que sería extraño… del modo exacto en que lo fue. Por supuesto, no puedo convencerte a ti.
