—Entonces, ¿por qué nos enseñaste a hablar con el Alma Suprema? —preguntó Issib.

—Porque creía en las antiguas leyes. Y yo hablaba con Alma Suprema, aunque más para aclararme las ideas que porque creyera que me estaba escuchando. Pero anoche, o esta mañana, tuve una experiencia que jamás había imaginado. Ni siquiera supe qué era hasta que hablé con Luet. Ahora sé qué se siente cuando la voz del Alma Suprema resuena en tu interior. No es nada parecido a las peroratas de esos poetas, soñadores y farsantes que anotan sus ocurrencias y luego las venden como profecías. Lo que estaba en mí no era yo mismo, y Luet me ha mostrado que ella oye la misma voz en su interior. Significa que el Alma Suprema es real y vive.

—Quizá —replicó Issib—. Pero eso no nos indica qué es.

—Es el custodio del mundo —dijo Wetchik—. Me pidió que ayudara. Me ordenó que ayudara. Y lo haré.

—Eso es jerigonza de los sacerdotes —protestó Issib—. Tú no sabes nada de eso. Tú cultivas plantas exóticas. Padre desechó las objeciones de Issib con un gesto.

—Si el Alma Suprema necesita que yo sepa algo, me lo dirá.

Padre enfiló hacia la puerta. Nafai lo siguió a pocos pasos.

—Padre —dijo.

Padre esperó.

El problema era que Nafai no sabía qué decir. Sólo que tenía que decirlo. Que había una pregunta muy importante cuya respuesta necesitaba. Pero ignoraba cuál era la pregunta.

—Padre —repitió.

—¿Sí?

Y como Nafai no pudo expresar la pregunta verdadera, la pregunta profunda, la pregunta importante, hizo la única pregunta que se le ocurrió.

—¿Qué debo hacer?

—Observar las antiguas tradiciones del Alma Suprema —respondió Padre.



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