—Nunca nos lo habías contado —susurró Nafai.

—Claro que sí lo hice —dijo Rasa—. No es culpa mía que creyerais que os contaba un mito.

Le soltó la oreja y regresó a la casa.

Issib pasó flotando junto a Nafai, mascullando que un día te levantabas y descubrías que habías vivido siempre en un manicomio. Hushidh también pasó a su lado sin mirarlo; Nafai imaginó el chisme que propagaría en su clase durante todo el día.

Quedó a solas con Luet.

—No debí hablar antes contigo —dijo ella.

—Y no deberías hablarme nunca más —sugirió Nafai.

—Algunos oyen una mentira cuando les dicen la verdad. Te enorgulleces de ser el hijo de Rasa y Wetchik, pero es evidente que los genes que has heredado de tus padres no son los mejores.

—En cambio, yo estoy seguro de que tú has recibido lo mejor que tus padres podían ofrecer.

Ella lo miró con manifiesto desprecio y se marchó.

—Será un día maravilloso —dijo Nafai cuando estuvo a solas—. Toda mi familia me detesta. —Caviló un instante—. Ni siquiera sé si quiero su afecto.

Por un peligroso momento, a solas en el pórtico, tuvo la tentación de dirigirse al borde para asomarse a mirar el prohibido paisaje del Valle de las Mujeres Sagradas, al que todos llamaban el Valle de la Grieta (y algunas lenguas vulgares apodaban el Barranco de las Arpías). Veré y apuesto a que ni siquiera quedaré ciego.

Pero no lo hizo, aunque se quedó rumiando largo rato. Le pareció que cuando estaba a punto de caminar hacia el borde su mente divagó y él titubeó confundido, olvidando por un instante su propósito. Al fin perdió todo interés y regresó al interior de la casa.

Tenía que regresar a clase, era lo que correspondía. Pero no tenía ánimos. Enfiló hacia la puerta y salió al porche y a las calles de Basílica. Quizá Madre se enfadara, pero le daba igual.



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