
—Hay una sola cosa más rara que una muchacha como Luet —dijo Madre—, y es un hombre que oiga la voz del Alma Suprema. Ahora sabemos que tu padre oye, pues Luet lo ha confirmado. No sé qué desea el Alma Suprema, ni por qué ha hablado a tu padre, pero tengo sabiduría suficiente para comprender que es importante.
Cogió la oreja de Nafai con firmeza, aunque sin causarle dolor.
—En cuanto al mítico incendio de la Tierra, querido niño, yo misma lo he presenciado. Ocurrió hace muchísimo tiempo… calculamos que han transcurrido por lo menos treinta millones de años de historia humana en este mundo que bautizamos Armonía. Pero vi volar los proyectiles, estallar las bombas y el mundo ardiendo en llamas. El humo cubría el cielo y tapaba el sol, y debajo de ese manto de tinieblas los océanos se congelaban y el mundo se recubría de hielo y sólo algunos seres humanos sobrevivían, para levantarse de la negrura mientras el mundo perecía, llevando sus gentes, sus arrepentimientos y sus genes a otros planetas, con la esperanza de volver a empezar. Lo hicieron. Estamos aquí. Ahora el Alma Suprema ha advertido a tu padre que nuestro nuevo comienzo puede conducir al mismo final.
Nafai había visto el semblante de Madre en público: juguetón, brillante, analítico, grácil. También había visto el semblante de Madre en familia: franco pero amable, pronto para la furia pero más pronto para el perdón. Suponía que el semblante que presentaba a la familia era el verdadero, el que no ocultaba nada. Pero detrás de esos dos semblantes ocultaba otro: su amarga visión del final de la Tierra.
