Pero no, Elemak no buscaba a nadie. Caminaba con despreocupación. No miraba hacia ningún lado.

Y luego desapareció.

No, había doblado en el hueco que separaba la casa de Gaballufix del edificio vecino. De forma que se dirigía a algún lugar concreto.

Nafai sintió curiosidad. Echó a trotar para tener una buena vista del estrecho callejón. Llegó a tiempo para ver que Elemak entraba en la casa de Gaballufix por una portezuela.

Nafai ignoraba qué asunto tenía Elya con Gaballufix, algo tan urgente como para ir a la casa el mismo día en que regresaba de una larga travesía. Claro que Gaballufix era técnicamente el hermanastro de Elya, pero había dieciséis años de diferencia entre ambos y Gaballufix nunca lo había reconocido como hermano. Eso no significaba que ahora no pudieran comenzar a tratarse como parientes, pero era raro que Elemak nunca lo hubiera mencionado y ahora pareciera ocultarlo.

Raro o no, Nafai sabía que sería pésima idea preguntarle a Elemak directamente. Cuando Elya quisiera dar a conocer lo que hacía con Gaballufix, lo revelaría. Entretanto, el secreto quedaría bien guardado en su cabeza.

Un secreto guardado en la cabeza.

Luet sabía que Nafai estaba enamorado de Eiadh. Bien, eso no era tan secreto. Luet pudo haberlo adivinado por el modo en que él la miraba. Pero en el porche de la casa de Madre, Luet había dicho «El bastardo eres tú», como si le replicara por llamarla bastarda a ella. Sin embargo, él no había dicho nada. Sólo lo había pensado. Y jamás había expresado esa opinión. Se le había ocurrido en aquel momento, porque estaba molesto con Luet. Pero ella lo había sabido.

¿Eso también era el Alma Suprema? ¿No sólo ponía ideas en la cabeza de la gente, sino que las sacaba para comunicarlas a otros? El Alma Suprema no sólo transmitía extraños sueños, sino que se dedicaba a fisgonear y chismorrear.



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