
Nafai sintió miedo al pensar no sólo que el Alma Suprema era real, sino que podía leer sus pensamientos más íntimos y fugaces y revelarlos a alguien. Y nada menos que a una persona tan repulsiva como aquella brújula bastarda.
Sintió miedo como esa primera vez que había ido solo al mar. Padre los había llevado de vacaciones a la playa. La primera tarde que fue al mar, rodeado por su padre y sus hermanos —excepto Issib, quien miraba desde su silla en la playa—, Nafai sintió que las aguas jugaban con él, que las olas lo empujaban de aquí para allá. Era divertido, estimulante. Incluso se atrevió a nadar hasta donde sus pies no tocaban el fondo, jugando entretanto con Meb, Elya y Padre. Un buen día, un día espléndido, cuando sus hermanos mayores aún le tenían afecto. Pero a la mañana siguiente se levantó temprano, salió de la tienda y fue al agua solo. Podía nadar como un pez; no corría peligro. Sin embargo se internó en el agua con inexplicable inquietud. El agua tironeaba y empujaba; Nafai estaba a pocos metros de la costa, pero al no haber nadie más en el agua se sentía desorientado, como si el mar pudiera arrastrarlo, como si estuviera en poder de algo tan vasto que podía devorarlo.
Sintió pánico. Corrió hacia la costa, forcejando, convencido de que el mar no lo soltaría, que lo arrastraría hasta succionarlo. Y cuando llegó a la arena, a la arena seca, cayó de rodillas y lloró porque estaba a salvo.
Pero durante esos instantes había experimentado el terror de saber lo pequeño e indefenso que era, cuánto poder existía en el mundo y lo frágil que era en manos de ese poder.
Ahora sentía el mismo temor. No tan fuerte ni concreto como el día de la playa, pero él ya no tenía cinco años y había aprendido a enfrentar el miedo. El Alma Suprema no era una vieja leyenda. Estaba viva y podía introducir visiones en la mente de sus padres y hurgar en la mente de Nafai en busca de secretos para revelarlos a otros, a gente que Nafai odiaba y que odiaba a Nafai.
