
—¿Todo esto tiene algo que ver con la visión?
—Las viejas leyes del Alma Suprema. Están prohibidas las ruedas, excepto para engranajes o juguetes. Sacrilegio. Abominación. ¿Comprendes que hace miles de años que se conoce el carro y nadie construyó ninguno jamás?
—Hasta ahora —dijo Issib.
—Tal vez había una buena razón —observó Nafai.
—La razón era mera superstición —dijo Elemak—, pero ahora tenemos la oportunidad de construir doscientos carros. Potokgavan los pagará y nos brindará el diseño, y el precio que ha negociado Gaballufix es tan alto que podemos construir doscientos más para nosotros.
—¿Y por qué los potoku no se construyen sus propios carros ?
—Vendrán aquí en barco. En vez de construir los carros en Potokgavan y luego trasladarlos por agua, enviarán aquí sus soldados, donde los carros los esperarán.
—¿Por qué aquí?
—Porque aquí es donde trazarán el límite. Los gorayni no deben avanzar más, o tendrán que enfrentarse a la ira de los potoku. No intentes entenderlo, Nafai. Es cosa de hombres.
—Me parece que Padre tiene razón en oponerse. Si averiguan que construimos carros para los potoku, los gorayni también enviarán un ejército para detenernos.
—No se enterarán hasta que ya sea demasiado tarde.
—¿Por qué no? ¿Basílica es tan hábil para guardar secretos ?
—Aunque lo averigüen, Nyef, los potoku estarán aquí para impedir que nos castiguen.
