Chic, chic. Pelo, piel, carne, sangre, todo tan cerca, cojones. Barberos-sangradores es lo que habían sido en los viejos tiempos, cuando la cirugía significaba una carnicería. La cinta roja alrededor del poste tradicional de los barberos indicaba la tira de tela que te enrollaban en el brazo cuando te sangraban. En su enseña comercial había también un cuenco, el cuenco donde caía la sangre. Ahora han abandonado todo aquello y se han hecho peluqueros. Propietarios de un huerto, que sangran la tierra en lugar de un antebrazo extendido.

Todavía no lograba comprender por qué Allie le había plantado. Dijo que era demasiado posesivo, que no la dejaba respirar, que estar con él era como estar casada. No me hagas reír, dijo él: estar con ella era como estar con alguien que salía con otra media docena de tíos al mismo tiempo. Justo a eso me refiero, dijo ella. Te quiero, dijo él, con súbita desesperación. Era la primera vez que se lo decía a alguien, y supo que era un error. Uno lo decía cuando se sentía fuerte, no débil. Si me quisieras me comprenderías, contestó ella. Bueno, entonces respira y vete a tomar por el culo, había dicho él. Sólo fue una pelea, nada más que una estúpida y puñetera pelea. No tenía importancia. Excepto que habían roto.

– ¿Le pongo algo en el pelo, señor?

– ¿Qué?

– ¿Algo en el pelo?

– No. No hay que alterar la naturaleza.

El peluquero suspiró, como si en los últimos veinte minutos la hubiese estado contaminando, y como si en el caso de Gregory aquella injerencia absolutamente necesaria hubiera acabado en una derrota.

El fin de semana por delante. Corte de pelo, camisa limpia. Dos fiestas. Esta noche, compra comunitaria de un barril de cerveza. Ponerse ciego y a ver qué pasa: es la idea que tengo de no alterar la naturaleza. Ay. No. Allie. Allie, Allie, Allie. Átame el brazo. Te extiendo las muñecas, Allie. Donde tú quieras. No con propósitos médicos, pero clava la lanceta. Adelante, si lo necesitas. Sángrame.



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