Bueno, había gente así. Puñetera Inglaterra. Pero todo aquello iba a ser erradicado. Y los primeros en desaparecer serían estos locales retrógrados de amo y siervo, conversación forzada, conciencia de clase y propinas. Gregory no era partidario de dejar propina. Lo consideraba un refuerzo de la sociedad respetuosa, tan degradante para quien la da como para quien la recibe. Degradaba las relaciones sociales. De todas formas, él no se la podía permitir. Y, además, qué coño iba a darle propina a un tijeras que le acusaba de ser un chupapollas.

Estos capullos eran una especie en extinción. Había sitios en Londres diseñados por arquitectos, donde ponían los últimos éxitos en un equipo de sonido funky, mientras un esquilador te rebajaba el pelo y lo adaptaba a tu personalidad. Costaba un riñón, por lo visto, pero era mejor que esto. No era de extrañar que el local estuviese vacío. Una radio de baquelita rajada en una estantería alta estaba emitiendo música de té danzante. Deberían vender bragueros, corsés ortopédicos y suspensorios. Acaparar el mercado de prótesis. Piernas de madera, ganchos de acero para manos cercenadas. Y pelucas, por supuesto. ¿Por qué los peluqueros no vendían pelucas? Al fin y al cabo, los dentistas vendían dientes postizos.

¿Qué edad tendría aquel pollo? Gregory lo miró: huesudo, con ojos despavoridos, un corte de pelo absurdamente corto y alisado con gomina. ¿Ciento cuarenta tacos? Probó a calcularla. Veintisiete años de casado. ¿Cincuenta, entonces? Cuarenta y cinco si la dejó embarazada en cuanto se la sacó. Si es que alguna vez fue tan intrépido. El pelo ya entrecano. Seguramente también el vello púbico. ¿Encanecía el vello púbico?

El peluquero terminó la fase de poda, dejó caer las tijeras, de un modo insultante, en un vaso de desinfectante, y sacó otro par más pequeño y grueso.



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