Por lo menos él tenía algo de vello, no como Hall y Wood y el lampiño de Bristowe. Pero ¿de dónde lo habían sacado Hopkinson y Shapiro? Todo el mundo tenía pilila, pero ellos dos tenían ya un badajo.

Tenía ganas de mear. No podía. Tenía que pensar en otra cosa. Podía aguantar hasta que llegase a casa. Los cruzados combatieron contra los sarracenos y liberaron del infiel la Tierra Santa. ¿Como el infidel Castro, señor? Era uno de los chistes de Wood. Llevaban cruces en la tela sobre la armadura. La cota de malla debía de dar calor en Israel. Tenía que dejar de pensar en que ganaría una medalla de oro en un torneo de a ver quién meaba más alto contra una pared.

– ¿Vives aquí? -dijo de pronto el barbero. Por primera vez, Gregory le miró como es debido en el espejo. Cara roja, bigotito, gafas, pelo del mismo color amarillento que una regla del cole. Quis custodiet ipsos custodes

Y éste también. «¿Vives en el barrio?», estaba diciendo otra vez. Gregory no iba a picar el anzuelo. El barbero iría a verle para que se alistase en los scouts o los cruzados. Luego le preguntaría a mamá si podía llevarse a Gregory a una acampada en el bosque; sólo que habría una sola tienda y le contaría a Gregory historias de osos, y aunque en clase habían estudiado geografía y sabía que los osos se habían extinguido en Gran Bretaña, allá por la época de las cruzadas, si el pervertido le decía que había un oso él casi se lo creería.

– No por mucho tiempo -contestó Gregory. Al instante se dio cuenta de que no era una respuesta muy sagaz. Acababan de mudarse al barrio. El barbero le lanzaría pullas cuando él siguiese yendo a la barbería durante años y años. Gregory lanzó una mirada al espejo, pero el pervertido no delataba nada. Estaba dando un último tijeretazo distraído. Luego hundió las manos en el cuello de Gregory y lo sacudió para asegurarse de que le cayese la mayor cantidad de pelo posible dentro de la camisa.



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