– Piensa en los cruzados -dijo, cuando empezaba a quitarle la sábana-. Podría interesarte.

Gregory se vio renacer debajo del sudario, sin más cambios que en las orejas, ahora más salientes. Empezó a deslizarse hacia delante sobre el cojín de caucho. El peine le golpeó la coronilla, más recio ahora que tenía menos pelo.

– No tan deprisa, jovencito.

El barbero recorrió de un lado a otro la estrecha barbería y volvió con un espejo oval como una bandeja. Lo bajó para que Gregory se viese la nuca. El miró al primer espejo, vio el reflejo en el segundo, volvió a mirar el primero. No era su nuca. La suya no era así. Notó que se sonrojaba. Tenía ganas de mear. El pervertido le estaba enseñando la nuca de otra persona. Magia negra. Gregory miró y remiró, cada vez más colorado, la nuca de otra persona, toda afeitada y esculpida, hasta que comprendió que la única manera de volver a casa era seguirle el juego al barbero, y entonces echó una última ojeada a aquel cráneo ajeno, alzó una mirada intrépida hacia la parte superior del espejo, hacia las gafas indiferentes del barbero y dijo, en voz baja: «Sí.»

2

El peluquero echó un vistazo, con un desprecio cortés, y pasó un cepillo exploratorio por el pelo de Gregory: como si, en el fondo de aquella maleza, pudiese haber una raya perdida hacía mucho tiempo, como una senda de peregrinos medievales. Un displicente floreo del cepillo desplazó la masa de pelo sobre los ojos de Gregory y hasta la barbilla. Por debajo de aquella cortina súbita, pensó: Que te jodan, tío. Estaba allí únicamente porque Allie ya no le cortaba el pelo.



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