El adolescente con aires de hombre había visto a la que llamaba la «Señora Blanca» en cuanto ésta bajó del autobús de Sula. Le siguió los pasos. En un primer momento Susan lo tomó por un mendigo, pero él era demasiado orgulloso para pedir. Juan vivía del trueque, ofreciendo pequeños trabajos a cambio de un poco de alimento o un techo bajo en el que pasar la noche durante las lluvias torrenciales. Así había reparado tejados, pintado vallas, cepillado caballos, escoltado rebaños, transportado toda suerte de sacos sobre sus hombros, vaciado graneros. Ya se tratase de poner en marcha el Dodge azul pálido, cargar cajas en el camión, trepar a la trasera para ayudar en el reparto, ahí estaba Juan. El muchacho observaba e interpretaba los gestos de Susan, que significaban: «Necesito que alguien me eche una mano». Desde el mes de noviembre, ella preparaba cada mañana dos galletas de maíz, que a veces completaba con una barra de chocolate, y ambos compartían el alimento antes de emprender viaje. Incluso siendo optimistas, la tierra no daría fruto antes de una estación, y las carreteras cortadas impedían que los productos frescos circulasen por el país. Había que contentarse con víveres llamados «de subsistencia», que los habitantes de los pueblos consideraban los regalos de Dios. La presencia de Juan, tumbado bajo la lona de la trasera, tranquilizaba a Susan en aquellos caminos de un paisaje devastado. Si bien el silencio seguía reinando en su ruta, en los cruces siempre de luto.


8 de enero de 1975

Philip:

Primer fin de año lejos de ti, lejos de casa, lejos de todo. Un momento extraño en el que todo se mezcla en mi cabeza: un sentimiento de soledad que me invade, a veces aliviado por la alegría de vivir tantas cosas singulares. Aquel momento a medianoche que pasamos juntos durante muchos años, haciéndonos regalos, lo he pasado en medio de gentes a las que les falta de todo.



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