Los niños de aquí se pelearían tan sólo por las cajas de regalo, por una simple cinta. Y, sin embargo, deberías ver el clima de fiesta que invade las calles. Los hombres disparaban al aire con viejas armas para celebrar la esperanza que les hace sobrevivir. Las mujeres han bailado en la calle con sus niños en rondas delirantes de felicidad. Yo estaba atónita. Recuerdo aquella tristeza que nos invadía al aproximarse el fin de año. Recuerdo las horas que pasé intentando traspasarte mi melancolía, con la excusa de que no todo giraba muy bien en torno a mi ombligo. Aquí todos están de luto, viudos o huérfanos, y se aferran a la vida con una dignidad alucinante. ¡Qué hermoso es este pueblo en su desolación! Mi regalo de Navidad me lo ha hecho Juan y ¡menudo regalo! Es mi primera casa, será muy hermosa y podré trasladarme a ella en unas pocas semanas. Juan espera a que paren las lluvias, a final de mes, para pintar la fachada.

Tengo que describírtela. Juan ha construido los cimientos con una mezcla de tierra, paja y piedras. Luego ha levantado las paredes con ladrillos. Con la ayuda de la gente del pueblo, ha recuperado marcos de ventanas entre los escombros. Pondrá una ventana a cada lado de una bonita puerta azul. El suelo de la única habitación todavía es de tierra. A la izquierda habrá una chimenea adosada a una de las paredes. Al lado habrá una pila de piedra, que será el rincón para cocinar. Para la ducha, colocará una cisterna sobre el tejado plano; tirando de una cadena habrá agua fría o tibia, según la hora del día. Descrito de este modo mi cuarto de baño no parece gran cosa y mi casa resulta espartana, pero sé que estará llena de vida. Pondré mi despacho en un rincón del salón ahí donde Juan quiere colocar el piso en cuanto encuentre con qué hacerlo. Una escalera sube a un altillo, donde pondré mi colchón. Bien, ya basta. Ahora te toca a ti escribirme. Cuéntame cómo has pasado las fiestas, qué es de tu vida. Te echo de menos. Sobre tu cama cae una lluvia de besos.



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