Philip

25 de febrero de 1975

Philip:

Una carta breve. Perdona que no escriba más a menudo. Estoy desbordada por el trabajo en este momento y cuando llego a casa ya no tengo fuerzas para escribir, apenas para meterme en la cama y dormir unas cuantas horas. Febrero se acaba, tres semanas sin lluvia, es casi un milagro. Tras el barro ahora llega el polvo. Por fin nos hemos podido poner a trabajar de verdad, y tengo la impresión de que veo mis primeros esfuerzos recompensados: la vida vuelve.

Es la primera vez que estoy sentada en mi despacho, donde he pegado tu dibujo sobre la chimenea. De esta forma tenemos la misma vista. Estoy muy contenta de que te hayas mudado a Manhattan. ¿Cómo te va en la universidad? ¡Debes de estar rodeado de chicas que sucumben a tus encantos! Aprovéchate, amiguito, pero no las hagas muy desgraciadas. Muchos besitos.

Susan

4 de abril

Susan:

Hace tiempo que retiraron la iluminación de las fiestas y ya hemos dejado atrás el mes de febrero. Hace dos semanas nevó y la ciudad quedó paralizada durante tres días. Hubo un pánico indescriptible. No circulaban los coches. Los taxis zigzagueaban como trineos por la Quinta Avenida. Los bomberos no pudieron apagar un incendio en Tribeca, porque el agua se había congelado. Y, después, el horror: tres vagabundos murieron defrío en Central Park, entre ellos una mujer de treinta años a la que encontraron sentada, congelada en un banco. En los telediarios de la noche y la mañana no se hablaba de otra cosa. Nadie comprende por qué el Ayuntamiento no abre los refugios cuando llega una ola de frío. ¿Cómo aceptar que alguien pueda morir así en nuestros días? ¡Y en las calles de Nueva York! Es lamentable.

¡Así que tú también te has mudado a una nueva casa! Muy simpática tu perorata sobre las chicas de la facultad. Ahora es mi turno: ¿Quién es ese Juan que se ocupa tanto de ti? Trabajo como un loco, pues faltan pocos meses para los exámenes. ¿Todavía me echas un poco de menos? Escríbeme.



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