
Ella lo ve. Está sentado al fondo, contra el ventanal que domina la pista de aterrizaje. Hay un periódico doblado encima de la mesa. Su barbilla descansa sobre la mano derecha y deja vagabundear la izquierda, que en la servilleta de papel dibuja a lápiz un rostro.
Sus ojos, que ella todavía no puede ver, están perdidos en el asfalto pintado con bandas amarillas, sobre el que los aviones ruedan lentamente para dirigirse a la zona de espera. Ella duda y toma el pasillo de la derecha, el cual la conducirá hasta el hombre joven que la espera sin que él advierta su presencia. Pasa por delante de una gran nevera que hace un ruido monótono y se aproxima con unpaso vivo, que sabe silenciar. Al llegar a la altura del joven, le despeina tiernamente con una mano los cabellos. Lo que él estaba dibujando sobre el papel absorbente es el retrato de ella.
– ¿Te he hecho esperar? -pregunta ella.
– No, llegas casi en punto, ahora será cuando me harás esperar.
– ¿Hace mucho que estás aquí?
– No tengo la más mínima idea. ¡Qué guapa estás! Siéntate.
Ella sonríe y mira su reloj.
– Salgo dentro de una hora.
– ¡Voy a hacer todo lo posible para que pierdas el avión, para que jamás lo cojas!
– ¡Entonces despego dentro de diez minutos! -responde ella mientras se sienta.
– Está bien, te lo prometo. Ya lo dejo. Te he traído una cosa.
Saca una bolsa de plástico negro y la empuja hacia ella con la punta del dedo índice. Ella inclina la cabeza, su manera de decir: «¿Qué es?». Y como él comprende la más leve expresión de su rostro, el solo movimiento de sus ojos, responde: «Ábrelo, ya lo verás». Es un álbum de fotos.
