El joven comienza a pasar las páginas. En la primera, en blanco y negro, dos bebés de dos años se están mirando; se hallan de pie y se cogen de los hombros.

– Es la foto más antigua de nosotros que he encontrado. -Pasa otra página y prosigue con sus comentarios-: Aquí estamos tú y yo, una Navidad, no sé exactamente cuál, pero aún no teníamos diez años. Creo que es el año en que te di mi medalla de bautismo.

Susan hunde la mano entre sus senos para sacar la cadena y la pequeña medalla con la imagen de santa Teresa. Jamás se la quita. Unas páginas más adelante le interrumpe y es ella quien describe:

– Aquí estamos nosotros dos cuando teníamos trece años, en el jardín de tus padres. Te acababa de besar por primera vez. Cuando quise meterte la lengua me dijiste: «¡Qué asco!». Y ésta es de dos años después. Entonces fue a mí a quien no le gustó tu idea de que durmiésemos juntos.

Al pasar otra página, Philip retoma la palabra y señala otra foto.

– Y aquí un año después, al final de aquella fiesta. Si no recuerdo mal, ya no lo encontrabas tan desagradable.

Cada hoja de celuloide señala un momento de su infancia cómplice. Ella lo detiene.

– Te has saltado seis meses. ¿No hay ninguna foto del entierro de mis padres? Sin embargo, creo que fue entonces cuando te encontré más sexy.

– ¡Basta ya de chistes malos, Susan!

– No estaba bromeando. Fue la primera vez que te sentí más fuerte que yo, y eso me daba seguridad. ¿Sabes?, jamás olvidaré…

– Basta, déjalo.

– … que fuiste tú quien salió a buscar el anillo de mamá durante el velatorio.

– Vale, ¿podemos cambiar de tema?

– Creo que eres tú quien hace que los recuerde cada año. Siempre has sido muy atento conmigo durante la semana en que se cumple el aniversario del accidente.

– ¿Qué tal si dejáramos el tema?

– Venga, haznos envejecer, pasa las páginas.



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