
Mi padre me dejó la foto sobre la mesa de metal. ¿Olvidada? En otras épocas hubiera hecho varias copias para repartir entre sus conocidos. Ahora, mostrarse muy enfermo es peligroso. De todos modos ya no tiene muchos conocidos. Cuando se persiste en vivir más allá de ciertas fronteras, no suelen quedar amigos con los que celebrar el triunfo.
Me sorprendió escuchar su voz del otro lado de la puerta. Sale poco. Mi madre no sale nunca, casi no ha dejado su departamento en los últimos años. Deberían estar desde hace tiempo en una Casa, pero una combinación de salud, prudencia y dinero les ha permitido sostener su relativa libertad. Ya se sabe cómo son las cosas: si ves a un anciano que excede la edad de la independencia caminando en un centro de compras -y a pesar de la tintura, de las operaciones, se los adivina en la inclinación del cuerpo, en el movimiento de las rodillas, suelen tener el esqueleto tanto más viejo que la piel- podes asegurar que se trata de un anciano poderoso o por lo menos muy rico.
En mi desesperación por compartir con vos todo lo que no nos era posible compartir, te hablé muchas veces de mi padre. Vos me oías sin escucharme, sin impaciencia sin embargo, y nunca conseguí adivinar si te aburrías. En cambio yo me precipitaba sobre cada resto, cada vaga palabra tuya que pudiera darme más información sobre tu vida, tus gustos, tu historia. Saber, por ejemplo, que siempre, desde muy joven, habías odiado el color verde, fue un dato abrumador.
