Por supuesto, era sobre todo propaganda política, pero la producción no era mala. Como cierre del ciclo aparecía esa imagen que estamos acostumbrados a ver en tantos comerciales, el presidente en una demostración de equilibrio que al principio parece precario pero se va mostrando firme a medida que logra superar obstáculos y situaciones difíciles.

Aunque a vos y a mí y a muchos otros esas demostraciones casi circenses nos resulten ridículas, la gente común quiere a sus representantes también por eso, por su esfuerzo personal por divertirlos, por hacerles olvidar por un rato la pobreza, la falta de trabajo, la monotonía. Nuestros políticos se hacen cargo en forma directa, con su cuerpo mismo, de la felicidad del pueblo, y el pueblo responde con votos y con amor. Ya todos sabemos, hasta los marginales y los locos, que no son nuestros gobernantes los que nos gobiernan. El presidente parecía agotado debajo del maquillaje denso, con esa expresión extraña de los nuevos viejos a la que nos hemos habituado después de tantos años de cirugías. Otra vez se insinuaban sus típicas bolsas debajo de los ojos enrojecidos; en la barbilla tenía un grano desagradable que la base y el polvo no habían alcanzado a disimular. Era una pena que entregara su cara a profesionales de segunda línea. Me imaginé trabajando sobre esos rasgos: podría haberlo hecho tanto mejor. El maquillador no había considerado los cambios de iluminación en cada secuencia.

Miraba ese programa absurdo con la vaga esperanza de que lo estuvieras viendo en alguna parte del mundo, por curiosidad o por nostalgia, al mismo tiempo que yo. Ahora que no importa desde hace tanto, puedo decirte hasta qué punto estás siempre en lo que hago o en lo que decido no hacer. Te gustaba mucho mirar televisión y supongo que todavía te gusta, que seguís viajando durante horas por los canales, buscando el Elixir Mágico mientras disfrutas, aunque lo niegues, de la búsqueda.



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