
Ya lo sé, no es necesario que me interrumpas: estaba a punto de contarte lo que pasó anoche cuando mi padre me llamó por teléfono, aterrado o tal vez fingiéndose aterrado. Pero hay tantas horas de mi vida de las que nunca pude hablarte, que no me importa ahora ser arbitrario, digresivo, tironear del fino hilo del relato hasta abusar de su resistencia, de la tuya. Durante muchos años viví para contarte lo que vivía y cada acción o pensamiento se iba transformando, en el momento mismo en que sucedía, en las palabras con que te lo iba a describir, como si incluirte así, aunque fuera como oyente, en mi historia, hiciera de todo azar y confusión un orden coherente, le diera un sentido al caos de la realidad. Después, sin vos, durante años me entregué a ese caos, al fango de la historia, permití que se acumulara el material informe que constituye la vida o el recuerdo de la vida y que sólo el relato es capaz de organizar, eligiendo, ordenando, o introduciendo un desorden sabiamente cifrado cuyas claves se entregan al que escucha, al que lee. Ahora sé que querrías saber más y enseguida sobre esa llamada urgente de mi padre, pero no voy a contarte nada todavía. Ésta es una digresión anunciada.
¿Por qué Goransky me había elegido como guionista? Al principio no lo entendía. Él es un personaje, aquí se lo reverencia como a un cineasta internacional, aunque nunca haya llegado a filmar más que esa breve y famosa secuencia en la Antártida.
En el país se realizan sólo comerciales publicitarios. Así como en algún momento dejaron de fabricarse paraguas, ya no se hacen películas. Por supuesto seguimos teniendo nuestros directores, nuestros artistas, nuestros proyectos, nuestro talento de siempre, el que no pueda plasmarse en una realización concreta es nada más que circunstancial, como dicen todos los que están relacionados de un modo u otro con el mundo del cine. A los que no están relacionados con el mundo del cine, toda la cuestión les importa un comino.
