Ni a la señora Bennet ni a la propia Kitty les preocupaba mucho ese fracaso nupcial. Kitty disfrutaba del prestigio y los privilegios de ser la única hija de la casa, y con sus visitas frecuentes a Jane, de cuyos hijos era la tía favorita, disfrutaba de una vida que nunca hasta entonces le había resultado tan satisfactoria. Además, las apariciones de Wickham y Lydia no animaban precisamente al matrimonio. Ambos llegaban haciendo gala de un buen humor escandaloso, y eran recibidos efusivamente por la señora Bennet, a la que siempre complacía ver a su hija favorita. Pero aquella buena voluntad inicial degeneraba pronto en discusiones, recriminaciones y quejas de los visitantes sobre su pobreza y la parquedad del apoyo económico que les proporcionaban Elizabeth y Jane, por lo que la señora Bennet se alegraba tanto de verlos partir como de recibirlos de nuevo en su siguiente visita. Pero necesitaba a una hija en casa, y Kitty, mucho más cordial y útil desde la marcha de Lydia, desempeñaba muy bien su papel. Así pues, en 1803, la señora Bennet podía considerarse una mujer feliz, en la medida en que se lo permitía la naturaleza, e incluso se la había visto despacharse una cena de cuatro platos en presencia de sir William y lady Lucas sin referirse una vez siquiera a lo injusto del mayorazgo.

LIBRO I

UN DÍA ANTES DEL BAILE

1

A las once de la mañana del viernes 14 de octubre de 1803, Elizabeth Darcy se encontraba sentada a la mesa del saloncito en la primera planta de Pemberley House. La estancia no era grande, pero sus proporciones la hacían especialmente agradable, y sus dos ventanas daban al río. Ese era el cuarto que había escogido para su uso propio, para decorarlo enteramente a su gusto con muebles, cortinas, alfombras y pinturas seleccionadas entre las riquezas de Pemberley, dispuestas según su antojo. El propio Darcy había supervisado los trabajos, y por el placer dibujado en el rostro de su esposo cuando Elizabeth tomó posesión del lugar, así como por el empeño de todos en complacer sus deseos, había llegado a percatarse, más aún que por las otras maravillas más vistosas de la casa, de los privilegios que conllevaba ser la señora Darcy de Pemberley.



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