La ruta había de llevarlos nada menos que hasta la región de los Lagos, pero, al parecer, las obligaciones del señor Gardiner para con sus negocios aconsejaron finalmente un plan menos ambicioso, y optaron por no llegar más allá de Derbyshire. Fue Kitty, la cuarta hija de los Bennet, la que aportó la noticia, aunque nadie en Meryton creyó la excusa. Una familia acomodada que podía permitirse viajar desde Londres hasta Derbyshire habría extendido el periplo hasta los Lagos sin problemas, de haberlo deseado. Resultaba evidente que el señor Gardiner, cómplice en el plan matrimonial de su sobrina, había escogido Derbyshire porque el señor Darcy se encontraría en Pemberley y, en efecto, los Gardiner y Elizabeth, que sin duda habrían preguntado en la posada si el señor se encontraba en casa, estaban visitando la mansión cuando el señor Darcy regresó. Naturalmente, como gesto de cortesía, los Gardiner fueron presentados, y se invitó al grupo a cenar en Pemberley. Si la señorita Elizabeth había albergado alguna duda sobre lo sensato de su plan para atrapar al señor Darcy, aquella primera visión de Pemberley la reafirmó en su idea de enamorarse de él en cuanto se le presentara la primera ocasión propicia. Posteriormente, él y su amigo el señor Bingley habían regresado a Netherfield Park y sin dilación habían acudido a Longbourn, donde la felicidad de la señorita Bennet y la de la señorita Elizabeth quedaron final y triunfalmente aseguradas. El compromiso de esta, a pesar de su brillo, proporcionó menos placer que el de Jane. Elizabeth nunca había sido muy querida y, de hecho, las más perspicaces entre las damas de Meryton sospechaban a veces que se burlaba de ellas en secreto. También la acusaban de ser sardónica, y aunque no entendían bien qué significaba aquella palabra, sabían que no se trataba de ninguna cualidad deseable en una mujer, pues resultaba especialmente desagradable a los hombres. Las vecinas, cuya envidia ante semejante triunfo excedía toda posible satisfacción ante la idea del enlace, podían consolarse sosteniendo que el orgullo y la arrogancia del señor Darcy, y el cáustico ingenio de su esposa, les garantizaban una vida desgraciada para la que ni siquiera Pemberley y diez mil libras al año podían servir de consuelo.



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