Para garantizar las formalidades sin las que los grandes esponsales apenas podrían considerarse dignos de tal nombre -‌la pintura de retratos, la contratación de abogados, la compra de nuevos carruajes y vestidos-‌, la boda de la señorita Bennet con el señor Bingley, y la de la señorita Elizabeth con el señor Darcy se celebró el mismo día en la iglesia de Longbourn con muy poca demora. Habría sido el día más feliz de la vida de la señora Bennet de no haberse visto aquejada por las palpitaciones durante la ceremonia, palpitaciones causadas por el temor a que lady Catherine de Bourgh, la imponente tía del señor Darcy, se personara en la iglesia para impedir el matrimonio, y, en realidad, hasta que se pronunció la bendición final no se sintió segura de su triunfo.

Cabe poner en duda que la señora Bennet fuera a echar de menos la compañía de la segunda de sus hijas, pero su esposo sí iba a añorarla. Elizabeth había sido siempre la niña de sus ojos. Había heredado su inteligencia, algo de su agudo ingenio, así como el regocijo que le causaban las manías y debilidades de sus vecinos. Longbourn House se convertiría en un lugar más solitario y menos racional en su ausencia. El señor Bennet era un hombre listo y leído, cuya biblioteca constituía a la vez su refugio y la fuente de sus horas más felices. Darcy y él llegaron rápidamente a la conclusión de que se caían bien y, en adelante, como suele suceder con los amigos, aceptaron sus peculiaridades de carácter como prueba de la superioridad intelectual del otro. Las visitas del señor Bennet a Pemberley, que a menudo tenían lugar cuando menos se lo esperaba, solían desarrollarse en gran medida en la biblioteca, una de las mejores en manos privadas, de la que resultaba difícil arrancarlo, incluso a las horas de las comidas.



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