El joven parecía reacio, pero su compañero le animó para que cediera y Clarke puso fin a su indecisión guardándose el libro en el bolsillo del abrigo. Rebus volvió la cabeza hacia la puerta de entrada, que se abrió de golpe para dar paso al profesor Gates con ojos de sueño. Casi detrás de él entró el doctor Curt; los dos patólogos trabajaban juntos con tanta frecuencia que a Rebus llegaban a parecerle una sola persona. Costaba imaginar que al margen de su trabajo llevaran vidas distintas e independientes.

– Ah, John -dijo Gates tendiendo una mano tan fría como la sala-. Empieza a apretar el frío. Y también está la sargento Clarke… deseando, qué duda cabe, perder la sombra de su mentor.

Clarke se sintió mortificada, pero no dijo nada; no valía la pena discutir el asunto, pues por lo que a ella respectaba hacía tiempo que había salido de la sombra de Rebus. Éste le dirigió una sonrisa comprensiva antes de estrechar la mano del pálido Curt, quien había sufrido un amago de cáncer hacía casi un año que le había robado parte de su energía; aunque había dejado de fumar.

– ¿Cómo está, John? -dijo Curt.

Rebus pensó que más bien era él quien habría debido preguntárselo, pero le contestó con una inclinación de cabeza.

– Yo digo que está en el dos -dijo Gates volviéndose hacia su colega-. ¿Apuesta o no?

– En realidad está en el número tres -dijo Clarke-. Creemos que puede ser un poeta ruso.

– ¿No será Todorov? -inquirió Curt enarcando una ceja. Clarke le enseñó el libro y el doctor elevó aún más la ceja.

– No se me había ocurrido que fuese amante de la poesía, doctor -comentó Rebus.

– ¿Se trata de un incidente diplomático? -terció Gates con un resoplido-. ¿Hay que buscar puntas de paraguas envenenadas?

– Se diría que le agredió un loco -añadió Rebus-. A no ser que haya un veneno que despelleje el rostro.



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