– En el recital la llevaba -asintió Simpson.

– ¿Y el cadáver que ha ingresado esta noche?

– Ya advertí de que no. Tal vez se la quitaron… me refiero al asesino.

– O tal vez no sea él. ¿Cuántos días hacía que Todorov estaba en Edimburgo?

– Vino con una especie de beca. Hacía mucho tiempo que no vivía en Rusia… Él se consideraba un exiliado.

Rebus hojeó el libro. El título era Astapovo Blues, y los poemas en inglés llevaban títulos como «Raskolnikov», «Leonide» y «Mind Gulag».

– ¿Qué significa el título? -preguntó Rebus a Simpson.

– Es el pueblo en que murió Tolstoi.

El otro celador infló los carrillos.

– Ya le dije que era listo.

Rebus tendió el libro a Clarke, quien miró la guarda donde Todorov había escrito la dedicatoria: «Al apreciado Chris, para que conserve la fe como yo he hecho y he dejado de hacer».

– ¿Qué quiso decir con esto? -preguntó.

– Yo le dije que quería ser poeta y él me aseguró que eso quería decir que ya lo era. Creo que quiere decir mantener la fe en la poesía, pero no en Rusia -contestó el joven ruborizándose.

– ¿Dónde fue el recital? -preguntó Rebus.

– En la Biblioteca de la Poesía Escocesa… cerca de Canongate.

– ¿Le acompañaba alguien? ¿Su esposa, o alguien de la editorial?

Simpson contestó que no lo sabía.

– Es famoso, ¿saben? Se habló de su candidatura al premio Nobel.

Clarke cerró el libro.

– Bueno, podemos preguntar en el consulado ruso -comentó, y Rebus asintió con la cabeza. Oyeron llegar un coche.

– Al menos ya está aquí uno de los dos forenses -dijo el otro celador-. Lord Byron, prepara el laboratorio.

Simpson tendió la mano reclamando el libro, pero Clarke lo agitó en el aire.

– ¿Le importa dejármelo, señor Simpson? Le prometo que no irá a parar a eBay.



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