
– ¿No ha quedado nada en el escenario del crimen? -preguntó Curt cogiendo el serrucho torácico.
Rebus negó con la cabeza.
– Supongamos que la víctima hubiera opuesto alguna resistencia… tal vez demasiada. O hubiera una connotación racista; ¿le habría delatado su acento?
– La víctima cenó copiosamente -señaló finalmente Gates, al abrir el estómago-. Gambas buhna, si no me equivoco, regadas con cerveza. ¿Y… no nota un olorcillo a coñac o whisky, doctor Curt?
– Sin lugar a dudas.
La autopsia siguió su curso mientras Siobhan Clarke hacía esfuerzos por no dormirse y Rebus, a su lado, observaba la labor de los patólogos.
No había rasguños en los nudillos ni restos de piel en las uñas; nada que apuntase a que la víctima había opuesto resistencia. La ropa, de grandes almacenes, sería enviada al laboratorio forense. Una vez limpio de sangre, el rostro era ya más parecido al del libro de poemas. Durante una de las breves cabezadas de Siobhan, Rebus se lo sacó del bolsillo y leyó en la solapa el resumen biográfico de Todorov: nacido en 1960 en el barrio moscovita de Zhdanov, ex profesor de literatura, galardonado con numerosos premios y autor de seis poemarios para adultos y uno para niños.
Sentado en el sillón junto al mirador, Rebus intentó recordar qué restaurantes indios había cerca de King's Stables Road. Por la mañana lo consultaría en el listín telefónico.
– No, John -dijo-, ya es mañana.
En la gasolinera que estaba de servicio toda la noche cogió un Evening Post para repasar los titulares. Continuaba el juicio de Marmion en la Audiencia; tiroteo en un pub de Gracemount, con un muerto y un afortunado vivo. El adolescente sij se había librado con golpes y rasguños, pero el pelo era sagrado en su religión; eso debían de saberlo o imaginarlo los agresores.
