
Y había muerto Jack Palance. No sabía cómo era en la vida real, pero en las películas siempre hacía papeles de duro. Se sirvió otro Highland Park y alzó el vaso en gesto de brindis.
– Por los tipos duros -dijo apurándolo de un trago.
* * *
Siobhan Clarke llegó al final de la lista de restaurantes del listín telefónico. Había subrayado media docena de posibilidades, aunque realmente todos los restaurantes indios eran posibles… Edimburgo era una ciudad pequeña y fácil de recorrer. Ellos comenzarían a partir de los más cercanos al lugar del crimen. Enchufó el portátil y buscó en Internet las entradas del nombre Todorov; había miles e incluso aparecía en Wikipedia. Parte de la información figuraba en ruso; algunos artículos eran de Estados Unidos, donde el poeta había impartido cursillos universitarios. Encontró también reseñas de Astapovo Blues y por ellas supo que los poemas versaban sobre autores rusos clásicos, pero eran también críticas a la actual política de su propio país, a pesar de que él no residía en Rusia desde hacía diez años. No era de extrañar que se autodenominara exiliado, y que con sus opiniones sobre la Rusia de después de la glasnost se hubiese ganado las iras y el desprecio del Politburó. En una entrevista le preguntaron si se consideraba disidente y contestó: «Un disidente constructivo».
Siobhan dio otro sorbo de café tibio. «Aquí tienes tu caso, chica», pensó. Pronto Rebus no estaría, aunque trataba de no pensar mucho en ello; habían trabajado tantos años juntos que casi podían saber los dos lo que pensaba el otro. Le echaría de menos, pero era evidente que tenía que empezar a planificar su futuro sin él. Sí, claro, se verían para tomar una copa, para cenar alguna vez; le contaría chismes y anécdotas. Él seguramente le daría la lata con aquellos casos sin cerrar que ahora le quería endosar…
