– ¿De quién es ese ramillete? -preguntó.

– De mi esposa -contestó el hombre, pensando inmediatamente por qué no había dicho «mío» simplemente.


* * *

– Jack Palance -dijo el inspector John Rebus.

– Ya te he dicho que no lo conozco.

– Es un famoso actor de cine.

– Dime una película suya.

– Su necrológica sale en el Scotsman.

– Entonces, podrás decirme de sobra en cuál lo he visto.

La sargento Siobhan Clarke salió del coche cerrando de golpe la portezuela.

– Hacía de malo en muchas del Oeste -insistió Rebus.

Clarke mostró su carnet a uno de los agentes de uniforme y cogió la linterna que le ofrecía el más joven. La Unidad de Escenario del Crimen estaba de camino. Ya comenzaban a rezagarse algunos curiosos atraídos por las luces azules del coche patrulla. Rebus y Clarke habían estado trabajando hasta tarde en la comisaría de Gayfield Square, machacando una hipótesis -sin sospechoso principal- en un caso no resuelto, y ambos se alegraron del respiro que suponía aquella llamada. Fueron hasta allí en el destartalado Saab 900 de Rebus, quien ahora sacaba chanclas de polietileno y guantes de goma del maletero que sólo logró cerrar tras varios golpetazos.

– Tengo que venderlo -musitó.

– ¿Y quién te lo va a comprar? -replicó Clarke, poniéndose los guantes, y añadió al ver que no respondía-: ¿Eso que he visto eran unas botas de excursión?

– Tan viejas como el coche -contestó Rebus acercándose al cadáver. Ambos guardaron silencio y examinaron el cuerpo y el lugar.

– Le han hecho cisco -comentó Rebus finalmente. Se volvió hacia el agente más joven-. ¿Cómo te llamas, hijo?

– Goodyear, señor… Todd Goodyear.

– ¿Todd?

– El apellido de soltera de mi madre, señor -añadió Goodyear.



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