– Todd, ¿has oído hablar de Jack Palance?

– ¿El que trabajaba en Raíces profundas?

– Estás perdiendo el tiempo en la policía.

El compañero de Goodyear contuvo la risa.

– Si le dejan, el joven Todd es capaz de interrogarle a usted en vez de a un sospechoso.

– ¿Ah, sí? -terció Clarke.

El agente -por lo menos quince años mayor que su compañero y quizá con el triple de cintura- asintió con la cabeza señalando a Goodyear.

– Yo al lado de Todd soy una nulidad. Él tiene sus miras puestas en el Departamento de Investigación Criminal.

Goodyear, libreta en mano, permaneció impertérrito.

– ¿Quiere que empecemos a anotar datos? -preguntó.

Rebus miró al suelo. Había una pareja de mediana edad sentada en el bordillo cogida de las manos. Y estaba la jovencita, abrigándose con los brazos y temblando, apoyada en un muro. Más allá, el grupo de curiosos comenzaba de nuevo a aproximarse sin preocuparse de los agentes.

– Lo mejor que puedes hacer -dijo Rebus-, es apartar a esos hasta que acordonemos la zona. El doctor llegará dentro de dos minutos.

– No tiene pulsaciones -añadió Goodyear-. Lo he comprobado.

Rebus le miró furioso.

– Ya te dije que eso no les gustaría -apostilló el otro agente conteniendo la risa.

– Contamina el «locus» -dijo Clarke al agente joven, mostrándole sus manos enguantadas y los cubrezapatos de plástico. El joven puso cara de apuro.

– Primero el médico tiene que confirmar la muerte -añadió Rebus-. Entre tanto, vayan convenciendo a esa gente para que se largue a casa.

– Somos simples gorilas con ínfulas -comentó el otro agente mayor a su compañero mientras se encaminaban hacia los curiosos.

– Y esto, territorio de los VIP -añadió Clarke en voz baja, mirando de nuevo al cadáver-. No viste mala ropa; posiblemente no es un sin techo.



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