Rebus y Clarke vistieron los mismos monos blancos desechables de la policía científica; llegó un equipo de fotógrafos después del furgón mortuorio y se materializaron vasos de té humeantes mientras a lo lejos se oían sirenas camino de otro lugar, gritos de borrachos cerca de Princes Street; quizás incluso un chillido de lechuza en el cementerio. Habían tomado declaración previa a la jovencita y al matrimonio de mediana edad y Rebus se puso a hojear los datos flanqueado por los dos agentes; ahora sabía que el mayor se llamaba Bill Dyson.

– Dicen que ya está cerca del examen final -dijo Dyson.

– A finales de la semana que viene -confirmó Rebus-. A ti no debe de faltarte mucho.

– Siete meses, y no puedo esperar. Ya tengo un buen empleo de taxista. No sé cómo se las arreglará Todd sin mí.

– Trataré de sobreponerme -replicó Goodyear alargando las palabras.

– Eso se te da bien -replicó Dyson, mientras Rebus reanudaba la lectura.

La joven que había encontrado el cadáver se llamaba Nancy Sievewright, tenía diecisiete años y volvía a casa después de visitar a una amiga que vivía en Great Stuart Street; Nancy vivía en Blair Street, junto a Cowgate. Había acabado los estudios y estaba sin trabajo, aunque esperaba ir algún día a la universidad y estudiar para ser auxiliar de odontología. La había interrogado Goodyear, y a Rebus le dio muy buena impresión: letra clara y abundancia de datos; comparadas con las anotaciones de Dyson era como pasar de la esperanza a la desesperación: una maraña de jeroglíficos. «A ver si pasan pronto estos siete meses», pensó Rebus, tratando de dilucidar si la pareja de mediana edad vivía en Frogston Road West, en el extremo sur de Edimburgo.

Había un número de teléfono, pero nada acerca de su edad y profesión. Rebus logró descifrar un «pasaban por allí» y un «ellos llamaron». Devolvió las libretas sin comentarios. A los tres volverían a interrogarles. Miró el reloj y se preguntó cuándo llegaría el forense. Entre tanto, no había mucho que hacer.



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