
– Díganles que pueden irse.
– La chica está temblando -comentó Goodyear-. ¿La acompañamos a casa?
Rebus asintió con la cabeza y miró a Dyson.
– ¿Y la pareja? -preguntó.
– Tienen el coche aparcado en Grassmarket.
– ¿Habían salido a hacer compras tarde?
Dyson negó con la cabeza.
– Venían de un concierto de villancicos en St. Cuthbert.
– Nos podríamos haber ahorrado esta conversación -dijo Rebus-, si se hubiera molestado en ponerlo por escrito.
Mientras clavaba la mirada en el agente supo la pregunta que Dyson tenía en la punta de la lengua: «¿Para qué?». Afortunadamente, el veterano se guardó mucho de decirlo en voz alta… hasta que el otro veterano se hubo alejado suficientemente.
Rebus llegó hasta Clarke, que estaba junto a la furgoneta de la científica haciéndole preguntas al jefe del equipo, Thomas Banks, Tam para los amigos, quien lo saludó con la cabeza y preguntó si figuraba su nombre en la lista de invitados a su fiesta de despedida.
– ¿Por qué todo el mundo quiere venir a mi despedida?
– No le extrañe -añadió Tam-, que vengan hasta los peces gordos de Jefatura con estacas y martillos para estar seguros de que desaparece -añadió con un guiño a Clarke-. Me ha dicho Siobhan que se las ha arreglado para que su último servicio caiga en sábado, cuando todos estemos en casa viendo la tele mientras usted se larga.
– Es pura coincidencia, Tam -replicó Rebus-. ¿Queda té?
– Antes le hizo ascos -le reconvino Tam.
– De eso hace media hora.
– No hay segundas oportunidades, John.
– Le estaba preguntado a Tam -interrumpió Siobhan-, si su equipo podía avanzarnos algún indicio.
– Me imagino que te habrá dicho que tengas paciencia.
