
– Son las ocho pasadas, hijo. No querrás llegar tarde otra vez.
Le contesté: -Me duele un poco la
– Te dejaré el desayuno en el horno. Ahora tengo que salir. -Lo cual era cierto, por esa ley según la cual los que no eran niños, o no tenían hijos pequeños o no estaban enfermos tenían que salir a
Entonces me desperté verdaderamente
– Un dolor bastante insoportable en la cabeza, hermano, señor -dije con mi
– Seguro que a la noche no tendrás nada, sí -dijo P. R. Deltoid-. La noche es el gran momento, ¿cierto, muchacho Alex? Siéntate -dijo-, siéntate, siéntate -como si aquél fuera su
– ¿Una taza del viejo
– ¿A qué debo este notable placer? ¿Algo anda mal, señor?
– ¿Mal? -repitió el
– Era un modo de decir -expliqué-, señor.
– Bien -dijo P. R. Deltoid-, por mi parte no es más que un modo de decir recomendarte que te cuides, pequeño Alex, pues la próxima vez, como sabes de sobra, ya no irás a la escuela correctiva. Esa vez será la cárcel, y todo mi trabajo quedará arruinado. Si no tienes consideración por tu horrible personalidad, al menos puedes tener alguna por mí, que he sudado tinta tratando de salvarte. Perdemos puntos, te lo digo en confianza, por cada joven que no recuperamos; si uno de ustedes acaba en el agujero es un fracaso para nosotros.
– No estuve haciendo nada prohibido, señor -dije-. Los
– Basta de esa charla sobre los
– Aprecio su actitud, señor -dije-, muy sinceramente.
– La aprecias, ¿verdad? -observó el
– Nadie me está carcomiendo, señor -dije-. Hace ya mucho tiempo que no tengo nada que ver con los militsos.
– Eso es lo que me preocupa -suspiró P. R. Deltoid-. Demasiado tiempo para tu buena salud. Se acerca el momento de presentar mi declaración. Por eso te advierto, pequeño Alex, que mantengas limpia tu hermosa y joven proboscis, sí. ¿Hablo claro?
