
Había una figura a estribor, junto al castillo de proa. Hanno reconoció el perfil de Piteas contra el azogado resplandor de la luna y se le acercó.
—¡Bien! ¡Bien! —saludó—. ¿Tampoco puedes dormir?
—Esperaba ver algo —respondió el griego—. Tendremos pocas noches tan claras, ¿verdad?
Hanno miró hacia el mar. El brillo ondeaba, fulguraba, chispeaba en el agua. La espuma titilaba como un fantasma. Hanno apenas veía los fanales coleados de la verga, pero sí el centelleo y el vaivén de los faroles de los otros barcos. En las honduras de esa movediza mezcla de luz y de tinieblas se erguía una masa oscura, Iberia.
—Hasta ahora hemos tenido suerte con el tiempo —dijo Hanno. Señaló el goniómetro que Piteas tenía en la mano—. ¿Esa cosa es útil aquí?
—Sería mucho más precisa en la costa. Si tan sólo pudiéramos… Bien, sin duda encontraremos mejores oportunidades. Las Osas estarán más altas en el cielo.
Hanno miró esas constelaciones. El ascenso de la luna las había opacado.
—¿ Qué tratas de medir? —Quiero localizar el Polo Norte celestial con mayor exactitud de lo que se ha hecho hasta ahora. —Piteas señaló—. ¿Ves que las dos estrellas más brillantes de la Osa Menor y el primer astro de la cola forman tres puntas de un cuadrángulo? El Polo es la cuarta. O eso dicen.
—Lo sé. Yo soy tu navegante.
—Disculpa. Lo olvidé en mi entusiasmo. —Piteas rió entre dientes, luego continuó con avidez—. Si esta norma práctica se puede refinar, sería de gran ayuda para los marinos, y más aún para los geógrafos y cosmógrafos. Ya que los dioses no han querido poner una estrella justo en el polo, o razonablemente cerca, debemos apañarnos como podamos.
—Hubo tales estrellas en el pasado —dijo Hanno—. Volverá a haberlas en el futuro.
—¿Qué? —Piteas lo miró intensamente en ese resplandor fantasmal—. ¿Quieres decir que los cielos cambian?
