
—Con los siglos. —Hanno desechó el comentario con un gesto—. Olvídalo. Como tú, hablé sin pensar. No espero que me creas. Considéralo una patraña de marino.
Piteas se acarició la barbilla.
—A decir verdad —murmuró despacio—, un colega mío que me escribe desde Alejandría, donde está la gran biblioteca, me ha mencionado que algunos documentos insinúan… Se requiere un estudio más profundo. Pero tú, Hanno…
El fenicio sonrió con simpatía.
—A veces acierto por casualidad.
—Eres… singular en muchos aspectos. Me has hablado muy poco de ti. ¿Es «Hanno» tu nombre de nacimiento?
—Cumple su función.
—No pareces tener hogar, familia ni ataduras. —Impulsivamente añadió—: Odio pensar que eres un solitario indefenso.
—Gracias, pero no necesito compasión. —Hanno se apresuró a moderar el tono—. Me juzgas por tus propios sentimientos. ¿Ya echas de menos tu hogar?
—No, no en este viaje con que he soñado durante años —‹lijo el griego, e hizo una pausa—. Pero sí tengo raíces, esposa, hijos. Mi hijo mayor está casado. Cuando regrese, tendré nietos. —Sonrió—. Mi hija mayor ya está en edad de casarse. La he dejado a cargo de mi hermano, con aprobación de mi esposa. Sí, quizá también mi pequeña Dánae tenga un pequeño para entonces. —Tiritó, como por efecto del viento—. No tiene caso ponerse nostálgico. Estaremos lejos mucho tiempo.
Hanno se encogió de hombros.
—Y por lo que sé, las mujeres bárbaras son complacientes.
Piteas lo observó en silencio y no dijo nada sobre los varones jóvenes que ya estaban disponibles. Fueran cuales fuesen los gustos de Hanno, no esperaba que el fenicio llegara a intimar con ningún miembro de la expedición. A pesar de su aparente calidez, parecía haber perdido su humanidad.
