
Transcurrió una hora en el crepúsculo y varias fogatas florecieron al pie del bosque.
Hanno regresó. Como una sombra más, atravesó las filas de Demetrios, pasó entre los callados y apiñados marineros, y encontró a Piteas cerca de las naves. No es que estuviera dispuesto a huir, sino que allí el agua arrojaba un resplandor que aclaraba un poco la húmeda penumbra.
—Estamos a salvo —declaró Hanno. Piteas soltó un bufido—. Pero nos espera una noche atareada. Enciende fogatas, levanta tiendas, trae lo mejor de nuestros pobres alimentos y pongámonos a cocinar, aunque nuestros visitantes no se fijarán en la calidad. Para ellos cuenta la cantidad.
Piteas trató de estudiar ese semblante que apenas veía.
—¿Qué ha sucedido? —rezongó—. ¿Qué has hecho?
Hanno habló con voz serena, un poco burlona.
—Sabes que sé suficiente celta como para apañármelas, y conozco bastante bien sus costumbres y creencias. No son muy diferentes de otros salvajes. La intuición me permite llenar las lagunas de mi conocimiento. Fui hacia ellos como un heraldo, lo cual hizo sagrada mi persona, y hablé con el jefe. No es mal sujeto, para ser quien es. He conocido a monstruos peores gobernando a helenos, persas, fenicios, egipcios…, no tiene importancia.
—¿Qué querían?
—Cerrarnos el paso, desde luego, y adueñarse de nuestras naves para saquearlas. Eso me sugirió que no debían de ser oriundos de aquí. Los cartagineses tienen tratados con los nativos. Claro que éstos podrían haber objetado el acuerdo por alguna razón pueril. Pero en tal caso habrían atacado después del anochecer. Alardean de ser temerarios pero, cuando se trata de botín más que de gloria, no quieren sufrir bajas innecesarias ni toparse con una dura resistencia mientras la mayoría escapa hacia las naves. No obstante embistieron en cuanto estuvimos en la costa, así que deben de temer la oscuridad…, los fantasmas y dioses de los muertos recientes, aún no apaciguados. Recurrí a eso, entre otras cosas.
