—Dáselo, Kleanthes.

—Bien. Ahora tocad las trompetas y golpead los escudos. Armad un buen alboroto, pero quedaos donde estáis.

El emblema en alto, Hanno avanzó. Caminaba despacio, gravemente, el estandarte en la mano derecha y la espada desenvainada en la mano izquierda. A sus espaldas estalló un clamor de hierro y bronce.

Los cartagineses habían despejado las matas hasta el manantial donde obtenían agua, a la distancia de un estadio ateniense. Habían crecido nuevos matorrales que estorbaban el paso e impedían un avance silencioso. Por lo tanto, la sorpresa total era imposible, y los galos aún no habían iniciado esa embestida tan temida por los hombres civilizados. Individuos y grupos pequeños trotaban en aguerrido tumulto.

Eran hombres corpulentos de tez clara. La mayoría de ellos lucían grandes bigotes; ninguno se había rasurado últimamente. Los que no se trenzaban el pelo lo habían tratado con un material que lo enrojecía y endurecía formando puntas. Pinturas y tatuajes adornaban cuerpos a veces desnudos, a menudo envueltos en una falda de lana teñida —una especie de himation primitiva— o con pantalones y quizás una túnica de colores chillones. Las armas eran espadas largas, lanzas, dagas; algunos portaban escudos redondos y unos pocos tenían yelmo.

El gigante que encabezaba la hilera semicircular Usaba un yelmo dorado con cuernos, un collar de bronce en la garganta y brazaletes de oro. Estaba flanqueado por guerreros casi igual de llamativos. Debía de ser el jefe. Hanno avanzó hacia él.

El bullicio que hacían los griegos desconcertó a los bárbaros. Aminoraron la marcha; miraron en torno, acallaron sus gritos y murmuraron entre ellos. Piteas vio que Hanno iba al encuentro del líder. Oyó trompetazos de cuerno, voces vibrantes. Algunos hombres correteaban transmitiendo órdenes que él no entendía. Los galos se detuvieron, retrocedieron unos pasos, se acuclillaron o se apoyaron en las lanzas, esperando. La llovizna arreció, la luz del día se desvaneció y Piteas sólo pudo ver sombras.



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