César Vidal


La noche de la tempestad

A mi hija Lara, acompañante habitual

de tantos espectáculos teatrales, y a la

compañía Teatro Galo Real -Leticia Acón,

Guillermo Berasategui,

Jesús Gago, Gustavo Galindo,

Juan Luis y Virginia Méndez-,

que tanto nos hizo disfrutar

con su extraordinaria representación de

La muy excelente comedia de El Mercader de Venecia

de William Shakespeare,

un espectáculo que hubiera entusiasmado por su buen hacer,

lozanía y talento al propio

Bardo de Stratford-upon-Avon.


I

El mundo entero es un escenario y todos los hombres y mujeres, simples actores. Tienen sus apariciones y sus mutis y un hombre durante un tiempo representa muchos papeles referidos a siete edades. Primero, es el bebé que llora y chilla en brazos de la nodriza. Después el estudiante reticente que con su cartera y la cara limpia de la mañana va a la escuela a rastras como si fuera una serpiente. Luego, el enamorado, que piafa como una caldera y dedica una balada patética a las cejas de su amada. Después un soldado, rebosante de extrañas promesas y barbado como el leopardo, ardoroso y dispuesto a la batalla, a la caza de una reputación pomposa aunque para ello tenga que llegar hasta la boca del cañón. Y luego el juez de barriga redonda y satisfecha, repleta de capón, con ojos severos y barba de corte recio, rebosante de sabios refranes y enseñanzas modernas, que representa su papel. La sexta edad se dirige hacia el enjuto y precario anciano, con impertinentes en la nariz y bolsas en los ojos, con bien conservadas medias juveniles y un mundo demasiado amplio para sus piernas ya encogidas, y su voz fuerte y viril convertida otra vez en tiple infantil, y su tono en pitos y silbidos. La última escena, con la que concluye esta extraña historia rebosante de hechos, es una segunda infancia y un simple olvido, sin dientes, sin ojos, sin paladar, sin nada.



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