Como gustéis, II, 7


25 abril 1616


– ¡Genial! ¡Sí, genial!

Miré a mi madre de soslayo para intentar descubrir el sentido que deseaba dar a sus palabras. Que no estaba contenta saltaba a la vista. Sus ojillos pequeños, como dos puñaladas cortas asestadas a un bollo poco tostado, se fruncían con ira a la vez que su barbilla puntiaguda se alzaba en esa actitud desafiante que, con anterioridad, tantas veces había contemplado. Sí, no me cabía la menor duda de que estaba irritada. En realidad…, en realidad, más que irritada se encontraba furiosa.

– Lo de vuestro padre ha sido siempre igual -masculló con palabras perfectamente audibles-. Dicen que es un prodigio, que es incomparable, que es… genial… Un egoísta. Eso es lo que es. ¡Un egoísta!

La palabra parecía colgarse de los labios gordezuelos de mi madre como una enorme mancha de grasa que se empeñara en no dejarse arrancar; que, pertinaz y testaruda, se aferrara al territorio ocupado como si fuera propio; que ansiara extenderse hasta cubrirlo todo. Para ser sinceros, no era la primera vez que describía así a mi padre. No se trataba del único insulto que le dirigía, pero, casi con seguridad, resultaba el más frecuente. También era cierto que en los últimos tiempos mi madre no le había dedicado mucha atención. Por supuesto, sabía que había caído enfermo y, de manera regular, le llegaban noticias sobre su estado de salud que, por cierto, no dejaba de empeorar. Pero la mayor preocupación de mi madre había sido la de domar a la última criada. Se trataba de la cuarta desde que había empezado el año. Primero, había rechazado a una inglesa joven que se quedaba como un pasmarote al contemplar cada mañana lo que le esperaba. Había durado poco.



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