
– Veamos… -dijo el hombre del bastón después de lograr que unos impertinentes dorados cabalgaran sobre el empinado puente de su nariz rojiza con una estabilidad mínima.
Pero no vimos nada. Nuevamente volvió a sumirse de lleno en el silencio mientras sus ojos porcinos buscaban sobre la mesa pulida algo desconocido para nosotros. De repente, pareció haber dado con ello. Respiró hondo y luego, en una sucesión inesperada de gestos tan rápidos que me sorprendieron, se acercó un tintero panzudo, una pluma negra y afilada, y un papel amarillento. Destapó el oscuro recipiente con un gesto seguro y firme, el propio del que ha ejecutado una operación concreta en infinidad de ocasiones y podría realizarla sin mirar o incluso sumido en sueños. Luego introdujo la aguzada punta de la pluma en aquella forma cuadrada y la sacó negra y brillante para descender como un milano avezado sobre el papel en blanco.
– Usted debe ser Anne Hathaway -afirmó más que preguntó mientras elevaba una mirada inquisitiva por encima de sus impertinentes-. La viuda del difunto William Shakespeare.
– Sí, lo soy. -Forzó una sonrisa mi madre que me llevó a pensar que pretendía granjearse la buena voluntad del hombre. Desde luego, si ésa era su meta no dio la sensación que la hubiera alcanzado. El depositario de la última voluntad del Bardo dejó escapar una especie de gruñido leve y clavó sus ojillos acristalados en mí.
– Usted es…
– Susanna Shakespeare -respondí-. Mi nombre de casada es Hall.
– Sí, claro, Susanna Hall -dijo y garrapateó algunas letras ampulosas en el papel antes de dirigirse a mi hermana.
